
La muerte es algo inevitable, tan inevitable como respirar. Todo el mundo sabe que tarde o temprano nos veremos enfrentados a ella; al llevarse a un ser querido o cuando seamos nosotros mismos los elegidos. Sin embargo, nunca estamos preparados para su visita, apesar de lo serca que intuyamos que se encuentre. El dolor nos cala hasta la médula, recorriendo cada parte de nuestro cuerpo. Un dolor agudo, que logra aturdir los sentidos, haciéndote consciente que no importa cuanto nos dediquemos a ignorarla a lo largo de nuestras vidas... la hora siempre nos llega, remeciendo todo lo que esta a nuestro al rededor. Cambiando nuestras vidas.
Hoy recibi el llamado que tanto temía. No el más definitivo, pero sí el que inicia la cuenta regresiva. Los doctores dicen que a mi abuela le quedan tan sólo 3 meses de vida... o de agonía más bien, teniendo en cuenta su debilitada salud. El letargo me inundó con violencia. No era consciente de lo que mi mamá me estaba comunicando. Por un instante ya no distinguia las palabras que estaba pronunciando y ni siquiera era consciente de que habia dejado caer levemente el teléfono. Me costó un par de minutos recuperarme a medias del shock inicial... un par de minutos que me parecieron infinitos, un par de minutos que fueron suficientes para que mi mamá perdiera las fuerzas y rompiera en llantos. Me repetía que no podía llorar delante de mi abuela, para que no se diera cuenta lo que estaba sucediendo, (aún no quieren contarle que queda poco camino ya por recorrer. Yo guardo mi distancia con ese respecto. No es que no esté de acuerdo, pero hay una voz dentro de mi, en un lugar muy profundo, que me dice que ella tambien tiene el derecho a saber lo que ocurre, el derecho a prepararce...). Ignoré mi propio dolor para darle consuelo y por primera vez me senti crudamente culpable de encontarme tan lejos. De negarle la posibilidad de un abrazo o de un beso, de poder borar sus lágrimas y decirle en un susurro que todo irá bien, que puede apoyarse en mi, que no va a estar sola. Fui consciente del deseo egoísta que me impulsó a mantenerme alejada de mi familia y ahora que ya he intentado, (sin exito) de hechar raíces lejos de ella, es cuando me doy cuenta que todo ha sido en vano, que no he logrado nada de lo que soñé algún dia tener, que la promesa de libertad era sólo un espejismo... la libertad la alcanzas cuando descubres a donde perteneces y que no existirá otro lugar mejor para ti... y ese sentimiento aún no lo descubro. Entonces, vale la pena mantenerme alejada de ella, sabiendo que mi lejanía hace aún mas dolorosa la partida de su madre?
Me duele no poder ayudar a mi mamá en estos momentos tan dolorosos, me duele tener que obligarla a recibir palabras de consuelo sólo a través de un teléfono, negándole un abrazo y la posibilidad de desahogo sobre mi hombro.
La muerte... apesar de que sabemos que indefectiblemente tendremos que enfrentarla algún día, siempre nos pilla de sorpresa, obligándonos a hacer un concienzudo balance de nuestras vidas. No es irónico?
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